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jueves, octubre 22, 2026
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La fuerza del deber / Por Matías Suárez

Bitácora del capitán. Octubre 22, 2026.

En esas pláticas de café en las que alguna remembranza sale sin un motivo aparente, se contó la historia real de un pequeño individuo que empezaba a escribir su vida educativa formal.

Imagina una época en donde no había teléfonos celulares ni internet (si alguien lo pensaba, seguramente sería secreto de Estado) y la máxima tecnología para comunicarse era a través de un teléfono analógico que contaba con un disco que daba vueltas y los números del cero al nueve marcados en la base que sujetaba ese disco móvil, el cual tenía que estar conectado por cable a la red telefónica de la ciudad. Si deseabas poder comunicarte con alguien en la calle, debías encontrar una de las cabinas telefónicas públicas. Si corrías con suerte, la encontrabas en estado óptimo para usarse, ya que desafortunadamente eran presas del vandalismo. El siguiente reto era tener monedas de la denominación exacta: normalmente monedas de 20 centavos de peso, las cuales misteriosamente, cuando las necesitabas, parecían escasear más que papel higiénico en crisis mundial.

El pequeño personaje de esta aventura se encontraba viviendo el periodo de los cinco años, justo cuando el cerebro alcanza el 95% de su tamaño y a 20 años de distancia de alcanzar su maduración funcional.

Y ahí estaba él, en su primer día de clases, tratando de entender qué pasaba y, sobre todo, qué iba a pasar. Solo, en medio de muchos niños más, algunos más altos —de hecho, la mayoría más altos—, pocos adultos y todos vestidos igual. Como dicen actualmente, en ese momento él solo tenía una tarea que cumplir: cuidar su cuaderno, su lápiz y su goma.

Para él llevaba horas formado, ansioso, esperando que alguien le dijera qué hacer, cuando de repente recordó su única asignación: cuaderno, goma y… ¿lápiz? ¿Dónde está el lápiz? El frío recorrió su cuerpo, la angustia lo embargó. ¿Cómo era posible que no estuviera el lápiz? Buscó en las dos únicas bolsas del pantalón, dentro del cuaderno, a su alrededor… pero el lápiz no estaba. Los latidos de su corazón ya sonaban en su cabeza, había calor en todo su cuerpo y, al pasar saliva con dificultad y a punto de la desesperación, solo pensaba: «Mi lápiz».

Al voltear hacia la puerta de entrada de la escuela, se percató de que estaba abierta. Sin pensarlo mucho, salió disparado hacia ella buscando la salida; en su mente pasó como uno de los mejores escapes de alguna de las películas de Indiana Jones, aunque lo más probable es que nadie se haya dado cuenta de que había salido de la escuela. «¿Qué hacer?», pensó. Ya había logrado salir. Sin dinero, sin una tienda cercana, en su cabeza la mejor opción era regresar a casa para pedir ayuda y conseguir un lápiz. ¿Pero cómo? Si bien su casa no era tan lejana, ir caminando parecía que no le daría tiempo suficiente para regresar a la formación sin que nadie se diera cuenta de que había perdido el lápiz.

«¿Un taxi? Eso es… Yo ya he visto cómo se toma un taxi», pensó, y salió a la avenida principal. Le hizo la parada al primer taxi que vio y lo abordó. No sabía la dirección de su casa, pero sabía cómo llegar y le fue dando indicaciones al conductor. Al llegar a su casa, le pidió esperar mientras iba por dinero para poderle pagar. Tocó, tocó y tocó, pero nadie abrió. Nuevamente las pulsaciones del corazón parecían estar en su cabeza: sudor, angustia… sin el lápiz, sin nadie en casa, sin dinero y ahora con su primera deuda económica. Afortunadamente, su tía vivía en la casa siguiente: ¡salvación! Le abrieron y pidió dinero prestado para pagar al taxista. La tía no daba crédito: ¿qué hacía él ahí, en un taxi?

Cuando el taxista partió, la Interpol parecía haber encarnado en la tía, quien después llamó al siguiente elemento de interrogación: la mamá; quien a su vez llamó al trabajo al jefe de la Interpol: el papá…

El plan «Salvemos mi primer día de clases» había fracasado. Regañado y, en su cabeza, con todos los escenarios provenientes de tres miedos diferentes de por qué estuvo mal lo que hizo, los eventos sobrepasaron su capacidad. De ese día no recordó más que a la tía llevándolo de regreso a la escuela, pidiendo que comprendieran el error que él había tenido por haberse salido de la institución, haber preocupado a todos y ponerse en riesgo, para que lo dejaran regresar ese día a clases.

Con el tiempo, esta anécdota se contó como la responsabilidad de un niño por cumplir con sus obligaciones. Como en muchas de las historias, cuando todos se encuentran a salvo, es muy fácil hacer de esto una historia de éxito, incluso hasta para poderse presumir.

La ideología de la época era muy diferente a la que se vive en la actualidad; estoy seguro de que puede haber una y cien opiniones más sobre el tema. La realidad es que, si bien el plan de este pequeño aventurero no funcionó para él, todo salió bien.

Sin embargo, no puedo dejar de pensar: ¿qué motiva a un niño de cinco años a vivir toda esa odisea por un lápiz? ¿Por qué tanto miedo a fallar? ¿Qué representó el lápiz para él en esa etapa de su vida?

No creo que encontremos una respuesta correcta; creo que esta historia nos puede ayudar a entender de manera individual cómo vemos o entendemos la responsabilidad en nuestras vidas y la magnitud de esta para cada uno de nosotros.

Cierre de la bitácora del capitán. Octubre 22, 2026.

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